Felices días tío Sergio

Eran los tiempos de esperanzas que todavía olían a nuevo. Eran años de cercenar montes de barro rojo para construir urbanizaciones, de abrir caminos de bitumul en cada monte verde, de florecer el cemento y los hoteles, de inagurar represas y estaciones de electricidad (…). Era que éramos isleños y el mar, por todos lados el mar, era nuestra única frontera. Vivíamos rodeados de agua, y sumergidos en los consejos de mi familia. Corríamos en la soledad de nuestra casa, jugando con soldaditos americanos, con naipes españoles, con sueños de irnos de allí.